Las Palmeras es, sobre todo, el libro que me apetecía leer como aficionado al terror: una aventura ágil, veraniega y sobrenatural, capaz de devolverme al lado más oscuro, inquietante y menos romántico de mis monstruos favoritos. El vampiro de las leyendas, el no-muerto que vuelve de la tumba con tierra húmeda entre las uñas.
Es además una novela muy ligada a dos épocas: aquellos veranos de los noventa, con helados, cine y tebeos, pero también con un reverso oscuro marcado por el caso Alcàsser; y la pandemia, un periodo extraño, casi de ciencia ficción, dominado por el miedo, la desconfianza y una conversación pública cada vez más crispada.
Quería que esa atmósfera formara parte de la historia, porque los verdaderos monstruos no siempre tienen colmillos: a veces salen de nosotros. De eso se alimentan también los vampiros de Las Palmeras.
